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Daniel Capó

Camino de la incompetencia

Fernando Simón.

Fernando Simón. EFE

El conocido adagio latino «Facta, non verba» recalca la importancia de los hechos por encima de las palabras: somos lo que hacemos y no lo que decimos que haremos. Pero, en la época del relato -que es, aseguran, la nuestra-, este aforismo podría leerse a la inversa: «Verba, non facta», y nos hablaría de una realidad en la que las palabras, las ideas y los mensajes que lanzamos a la sociedad en forma de propaganda cuentan y mucho.

Somos lo que creemos, podríamos afirmar. O terminamos haciendo aquello que decimos que haremos. En su reciente Manual de incompetencia (Ed. Funambulista), los periodistas Iñaki Ellakuría y Pablo Planas recorren los últimos seis meses de nuestro país, con la crisis del coronavirus de fondo y la interminable sucesión de contradicciones, mentiras y decisiones equivocadas que se han tomado desde el gobierno. La confusión entre los hechos y los mensajes, entre la información real de que se disponía -desde mucho antes de marzo- y la que se compartió con la ciudadanía es de tal calibre que resulta inexplicable la falta de traducción política.

En una contracrónica casi diaria de lo sucedido, los autores desnudan el modus operandi de un gobierno totalmente superado por los acontecimientos -cuya gravedad habían negado hasta pocos días antes del confinamiento- y la estrategia que ponen en marcha para tapar sus consecuencias. «Simón -leemos en Manual de incompetencia- es capaz de decir una cosa y su contraria, a veces hasta en la misma rueda de prensa. Sin embargo, los medios de comunicación afectos al Gobierno disculpan todos sus errores». Poco importa, en efecto, que un día se rían de las mascarillas, o que se compare la gravedad del coronavirus con la de la gripe común, y pocos días más tarde se imponga un confinamiento estricto a la población española, o se obligue -ahora sí- a llevar siempre las mascarillas fuera de casa. De esta nueva normalidad, en la que los hechos y las palabras se confunden en un mismo ejercicio destinado a encubrir la incompetencia, han quedado heridas la economía nacional, la separación de poderes -aunque sea temporalmente- y la confianza en la clase política. «Las crisis se solapan -seguimos leyendo-: la sanitaria antecede a la social, que se acompasa con la económica y, por si faltaba algo, otra crisis, la institucional». Y lo peor es que nadie sabe adónde conduce esta huida hacia delante que se ha generalizado a todos los ámbitos. Ni hechos ni palabras, diríamos, sino un escapismo cuya finalidad es la supervivencia del gobierno y de sus apoyos parlamentarios. 

La esperanza de una vacuna efectiva y la liquidez europea permiten pensar que pasado este invierno el pico de la pandemia alcanzará cotas menores. Pero el verdadero problema de nuestro país es otro, de más difícil solución. Porque sin confianza en nuestros dirigentes no hay posibilidad de futuro, ya que nadie querrá asumir riesgos. Y sin unas políticas inteligentes, consistentes en el tiempo y bien ejecutadas, tampoco se abrirá paso el desarrollo de una sociedad, sino sólo la división y el malestar social. El contraste con los países asiáticos -en el caso de España y de la mayoría de naciones occidentales- resulta cada día más llamativo. También su avance y su progreso, sin que sepamos qué hacer ni cómo actuar. Más allá de perseguir, ciegos, nuestro camino de incompetencia.

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